22 junio 2016

Leyendas Urbanas de Buenos Aires



Leyendas de Buenos Aires


La otra historia de Buenos Aires no está en los manuales.

Como todas las grandes metrópolis, cuenta con cientos de autores anónimos que con sus leyendas también construyen la identidad urbana.

Son relatos —los hay oscuros y sangrientos, pero también eróticos y misteriosos— que se instalaron en el imaginario porteño. Aunque nadie conozca muy bien el origen.


La Casa de los Leones


Una leyenda urbana cuenta que un extravagante millonario decide tener animales peculiares en su casa y eso desatará una tragedia en su familia.

Barracas, es un barrio del sur de la ciudad que se ha caracterizado en la historia por las barracas en donde se trabajaba las carnes y cueros durante el siglo XIX; también por allí pasaba uno de los caminos más importantes que iban al puerto del riachuelo, la calle larga, hoy bautizado como Montes de Oca. Es el barrio donde en el siglo XX asentaron su fábricas empresas alimenticias como Canale, Bagley y Aguila y hoy copan espacio importantes imprentas del país.

Por la avenida Montes de Oca pasan lugares con historias y leyendas, desde la antigua iglesia de Santa Lucía hasta la iglesia de Santa Felicitas, que cuenta la legendaria historia de Felicitas Guerrero. También una importante institución alberga esa avenida, se trata de la ex casa cuna y actual Hospital de Niños “Pedro Elizalde”.

Si bien la leyenda de Felicitas es la más conocida, en ese mismo barrio se encuentra una casa con una leyenda menos conocida pero no menos apasionante. Estamos hablando de la casa de los leones. Una casa de estilo francés que queda a la altura 100 de la avenida Montes de Oca, justamente al lado del Hospital.

Esa casa fue adquirida por Eustoquio Díaz Vélez, uno de los hombres más ricos de mediados y fines del siglo XIX. Su fortuna era comparable a los Anchorena, los Alazaga, los Guerrero y otras familias encumbradas de la ciudad.

La fortuna de Díaz Vélez radicaba principalmente en las grandes extensiones de tierras que tenía en las costas del sur de la provincia de Buenos Aires, sus estancias y actividad ganadera le redituaban importantes ingresos que lo colocaban en las altas esferas de la sociedad porteña. La ciudad de Necochea y sus alrededores se encuentra en esas tierras que pertenecieron a su familia y las donaron para fundar ese partido costero. Aún así, el estanciero contaba con muchas hectáreas para continuar con el comercio.

Si bien este hombre era muy conocido en la ciudad, quién llevó el apellido a la historia argentina fue su padre, el general Eustoquio Díaz Vélez; este hombre luchó en las invasiones inglesas y en las guerras de la independencia que le valió ascensos hasta llegar a ser el segundo del general Manuel Belgrano en el ejército del norte. El general Díaz Vélez tiene también el alto honor de haber sido quién sostuvo la bandera Argentina mientras Belgrano le juraba fidelidad.

Y fue este general quién supo adquirir, en buena ley y mediante actos de comercio, la gran cantidad de hectáreas en el sur de la provincia que fueran heredadas por sus hijos y otra parte donada para la fundación del partido de Necochea.

Eustoquio hijo, supo aprovechar la fortuna heredada e hizo crecer la misma en forma hábil y sostenida. Sin embargo, este hombre millonario era muy extravagante, y ello es el tema que nos lleva a hablar de la leyenda de la Casa de los Leones.

En el año 1880, Díaz Vélez decidió vivir en el barrio de Barracas, más precisamente en la calle larga. Para ello adquirió una mansión de estilo francés, adujo que él viajaba constantemente a sus estancias en el sur; y esa casa era una de las más cercanas al puente Gálvez –hoy puente Pueyrredón-, el único que cruzaba el riachuelo. Por otro lado, en esa época ese barrio se caracterizaba por albergar importantes casas-quintas, pocos años antes y a pocas cuadras fue donde ocurrió la tragedia de Felicitas Guerrero.

Eustoquio Díaz Vélez además de terrateniente también fue dos veces presidente del club El Progreso, un ambiente de elite donde los políticos, ciudadanos y empresarios de importancia se reunían para hacer sociales para que surgieran importantes negocios y se tomaran decisiones políticas para el país.

Estuvo casado con Josefa Cano Díaz Vélez, quién era sobrina de él ya que era hija de una hermana suya. Y con ella tuvo hijos que luego, cuando heredaran la gran casona, la transformaron dándole un estilo más europeo con amplias mansardas en la parte superior. El jardín lo dejaron intacto como lo diagramó su padre.

Hemos dicho que este hombre era un millonario extravagante, y así fue, su casa estaba muy alejada del centro y temía que por la noche algunos moradores entraran para robar; si bien lo común era abastecerse de perros guardianes, Díaz Vélez sentía pasión por los leones, es por ello que mandó a traer tres de estos felinos africanos para que cuiden el hogar.

Los animales estaban sueltos por el jardín por la noche y durante el día de los dejaba en jaulas que estaban debajo de la casa pero se ingresaban por una escalera exterior. Cuando había eventos nocturnos en la mansión, los leones quedaban en sus jaulas para que no ocurriera ningún accidente con los invitados.

Una de las hijas de Díaz Vélez se enamoró de un joven que también pertenecía a una familia de estancieros. Los dos estaban tan enamorados que decidieron comprometerse. El padre estaba muy feliz con la novedad, no solo porque compartían la misma actividad económica, sino también porque conoce a la familia del pretendiente y eran amigos desde hace tiempo.

Era costumbre de la época que las fiestas de compromiso se organizaran en la casa de la novia; por ello don Eustoquio se encargó personalmente de los preparativos del evento. Era su primera hija en casarse y quería hacer una gran fiesta, invitó a todos los socios del club, también a muchas familias del barrio y a sus conocidos de todos los rincones de la ciudad.

No solo eso, también mandó a traer a todos los capataces y peones de sus estancias, pues quería compartir con ellos su felicidad; además siempre sostuvo que los trabajadores de sus campos participaron en la crianza de su hija, no podía dejarlos afuera. Para ello, los albergó en un importante hotel en el barrio de Constitución.

Llegó la noche y las mesas estaban sobre el jardín, era una noche clara de tiempo templado, como suele ser en los primeros meses del año. Una orquesta amenizaba la fiesta con música de fondo. En la entrada a la mansión se encontraban don Eustoquio y doña Josefa para recibir a los invitados.

Como era costumbre, los leones estaban encerrados en sus jaulas, no podía dejar a los invitados a merced de la voluntad de estos felinos. Sin embargo, un error humano, dejó una jaula mal cerrada; el león movió la puerta y ésta se abrió posibilitando la huida del animal.

La fiesta era monumental y había tanto jolgorio que nadie se percató del escape del león. De hecho el animal salió con mucho sigilo del lugar logran eludir las seguridades del lugar.

La música y tertulias fue interrumpida por el novio, quién solicitó la atención de todo el público presente. Agradeció a todos su presencia e invitó a su amada a acercarse a quien le pidió matrimonio y le entregó un anillo en muestra de su amor.

La alegría de ambos pretendientes era de tal magnitud que contagió a los invitados y plasmaron en un gran aplauso el compromiso, el padre de la novia fue uno de los que profería mayor plausibilidad por la felicidad que sentía al ver el acontecimiento.

Es en ese instante, el león sale de uno pequeños matorrales que había en la medianera de la casa para abalanzarse sobre el novio. Mientras el hombre luchaba contra el gigantesco animal y gritaba de desesperación, su novia y los invitados miraban consternados el suceso. Nadie sabía cómo reaccionar, solo las mujeres atinaban a gritar, pues quien iba a imaginar que en las costas del Río de la Plata alguien podía ser atacado por un león.

Don Eustoquio fue quien reaccionó rápidamente. Se dirigió a su despacho y tomó una escopeta que utiliza para cazar animales en el campo. La cargó y desde la ventana apuntó y con mucha certeza derribó al animal, matándolo en el acto.

Era tarde, el novio yacía destripado y muerto en el jardín víctima de las garras y colmillos del león. La fiesta pues, había terminado en tragedia. La policía y los médicos llegaron inmediatamente, lo galenos nada pudieron hacer por el hombre, si uno observaba el descuartizamiento, sabría que era imposible que estuviera vivo.

La familia del novio culpó a don Eustaquio por su muerte, ya que no entendía cómo podían tener en su casa animales salvajes y carnívoros. Pero para desgracia del dueño de la casa, no eran ellos solamente quienes lo culpaban de lo sucedido. Su hija también lo encaró y lo maldijo, ella quedó con el corazón destrozado, pues el único hombre que había amado fue muerto por uno de los animales de su padre.

La tragedia de la familia de don Eustoquio se profundiza más cuando la joven Díaz Vélez decide quitarse la vida porque no soportaba más convivir con el dolor de haber perdido a su amado. Luego de enterrarla, don Eustoquio cae en una profunda depresión; no visita más sus estancias como solía hacerlo y se encierra en su cuarto pasando la mayor parte de los días allí.

Algunos cuentan que –en un estado de locura- el hombre decide sacrificar a los leones para recuperar a su hija. Pero la pasión por estos animales continuaba en Díaz Vélez, por ello decide hacer monumentos de los leones y colocarlos en el jardín. La extravagancia llega a tal punto, que una de las estatuas es un león atacando a un hombre que lucha contra las fauces del animal. Esa escena hace suponer que representa el ataque al pretendiente de la hija de Díaz Vélez.

La casa continúa en la avenida Montes de Oca al 100, y también las estatuas. Hoy allí funciona la asociación VITRA –Fundación para Vivienda y Trabajo para le Lisiado Grave-. Los huéspedes del lugar cuentan que por las noches escuchan gritos y llantos, los que conocen la historia dicen que los gritos pertenecen al novio y los llantos a la novia.

Es así que al día de hoy, la casa de los leones despierta la curiosidad de los transeúntes por la historia que despiertan los leones que posan en el jardín de lo que fue la casa de Eustoquio Díaz Vélez.

 

El castillo de La Boca y sus leyendas

SERETA BUENOS AIRESSe luce por su arquitectura y por los mitos que lo habitan: fantasmas, duendes y suicidios.


 
Quienes abonan la leyenda la llaman “la torre del fantasma”. Y hablan de gnomos y del suicidio de una pintora muy bohemia. Los más fantasiosos dicen que se escuchan ruidos de cadenas y gritos. Del otro lado están quienes descreen de todo eso, lo desmienten y agregan: nunca existió tal suicidio y todo es parte de otra incomprobable leyenda urbana. Son los que conocen al lugar como “el castillo de La Boca”. Lo concreto es que la construcción ya tiene más de un siglo y, con su estilo catalán modernista, sigue luciéndose en el cruce de la avenida Almirante Brown con la calle Wenceslao Villafañe y la avenida Benito Pérez Galdós, en ese barrio al que muchos vecinos todavía definen como “República”.
El edificio ocupa un terreno con forma de trapecio y cuentan que todo empezó cuando alguien con visión comercial le sugirió a María Luisa Auvert Arnaud que lo comprara para hacer allí una casa de renta. La mujer era una rica estanciera con campos en la zona de Rauch y aquello le pareció oportuno, ya que el barrio crecía fuerte por la llegada de muchos inmigrantes. Promediaba la primera década del siglo XX.
Así fue como ella le encargó la construcción al arquitecto Guillermo Alvarez, un hombre nacido en 1880 en la gallega provincia de Orense. Alvarez era hijo de un carpintero que emigró hacia la Argentina en 1885. Por su descendencia catalana, la mujer pidió que la obra tuviera la impronta de esa Catalunya lejana. Entonces el diseño tuvo la estética que imperaba en Barcelona.
Con planta baja y dos pisos, en la ochava (une las tres calles) la construcción (terminada en 1908) está rematada por una torre con almenas. Es el único sector del edificio que tiene un tercer piso. Además, la parte superior de la torre incluye un tanque de agua, posiblemente el primero de ese tipo que se instaló en La Boca. Ornamentada con motivos geométricos de gran factura, la torre acompaña la belleza del conjunto, también trabajado con delicadeza. En 1910, la Municipalidad le otorgó un primer premio por su arquitectura.
Dicen que cuando Auvert Arnaud vio el edificio, optó por convertirlo en su vivienda. Lo decoró a su gusto, trayendo hasta plantas desde España. Los que adhieren a la leyenda, incluyen entre esas plantas algunas con hongos alucinógenos. Y sostienen que en esos hongos solían habitar los “follet”, unos pequeños duendes traviesos que convirtieron el lugar en inhabitable. Cuentan que, por eso, la estanciera dejó el edificio y se fue a Rauch.
Allí es donde comienza la otra parte de la leyenda que incluye a una bella mujer llamada Clementina, una artista plástica que había venido a estudiar a Buenos Aires. La ubican viviendo en la torre, como una de las inquilinas que fueron allí cuando el edificio se convirtió en casa colectiva. Y agregan que una vez los duendes fueron fotografiados, se enojaron y provocaron el suicidio de Clementina, por instigación o por acción directa. Nunca pudo comprobarse, pero el mito se mantiene.
Y ya que se habla de mitos, no muy lejos del “castillo de La Boca”, en Barracas, también hay otros lugares que alimentan leyendas. Uno es “la casa de los leones”, una mansión que fue de Eustaquio Díaz Vélez. La construcción está en Montes de Oca al 100, junto a la ex Casa Cuna. Cuentan que ahí había tres leones enjaulados, a los que soltaban de noche para que protegieran la casa. Y dicen que cuando la hija de Díaz Vélez celebraba su compromiso con un joven, también de buena familia, un león se soltó y en medio de la fiesta despedazó al novio. Afirman que el dueño de la mansión mató al león con un certero disparo de escopeta. Y que, al poco tiempo, la deprimida hija terminó suicidándose. Pero esa es otra historia.

29 mayo 2016

Rufina Cambaceres “la que despertó de su muerte”


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La historia de la señorita Rufina Cambaceres se contó de generación en generación y cada boca que la relataba iba agregándole algo distinto, es por eso que hoy en pleno siglo XXI no se puede conocer una “única verdad” de esta historia.
La hipocresía de una época también hizo lo suyo, ya que los prejuicios de comienzos de siglo pasado eran tanto que se tejieron por aquel entonces cientos de versiones diferentes.
Aquí hemos hechos una síntesis de todas ellas.
La familia de Rufina vivía en una distinguida y hermosa casona en la calle Monte de Oca del barrio de Barracas casi enfrente de la Casa Cuna (hoy ya demolida), a pesar de su opulencia su familia estaba signada por el “malquehablar” de la época, esto fue porque  Eugenio Modesto del Corazón de Jesús Cambaceres (foto) de la alta aristocracia argentina, abogado, graduado en la facultad de derecho, que había sido elegido diputado por la legislatura porteña en 1871 era muy transgresor para su época. Durante su mandato presentó un proyecto de separación de la Iglesia y el Estado que produjo un gran escándalo en la sociedad de la época.
En 1876 se dedicó a escribir, logrando poner ante los ojos de todos, la hipocresía de la “santurrona” alta sociedad porteña de fines de siglo XIX con sus urticantes obras.
Para colmo de males, en uno de sus viajes a Europa conoce a Luisa Baccichi (foto), una bailadora austríaca con la cual se casa y regresa a Buenos Aires.
Recordemos que por aquel entonces toda mujer que integraba una compañía de baile era considera menos que una “prostituta”, tal es así que al apellido de luisa rápidamente lo trasformaron en “bachicha” siendo tomado en sorna en todas las fiestas de la alta sociedad porteña.
En ese contesto nace un 31 de mayo de 1883 Rufina, una niña que creció retraída de cara a todas las cosas que tenia que escuchar de su familia, para colmo de sus males a la edad de 5 años pierde a su padre.
Rufina pasó su niñez entre la casona de Monte de Oca y un Campo heredado de su abuelo Llamado el “El Quemado” allí se refugiaba y soñaba de “cómo iba a ser su vida cuando creciera”.
Los días pasaron rápido y Rufina poco a poco se fue trasformando en una adolescente encantadora, heredando muchas de la “dotes de su madre” que aunque ya mayor, conservaba muchos de sus encantos. Tal vez será por eso que Luisa supo conquistar hasta el mismo “pretendiente” de su hija, que no era otro que Hipólito Yrigoyen un político muy influyente de la época.
Un versión de esta historia indica que Yrigoyen (que por aquel entonces tenia 45 años) conoció a Rufina cuando ésta tenia tan solo 15 años. Él frecuentaba su casa y la niña ta vez se enamoró por falta de una imagen paterna. Recordemos que por aquel entonces “era muy común que señores grandes filtrearan y se casaran con adolescentes a pesar de una diferencia grande de edad”.
No se sabe si Yrigoyen correspondía el amor que sentía la niña, pero sí sabemos que (el que iba a ser presidente de los argentinos en 1916) mantenía una relación con Luisa, de hecho de esa “pasión” nació un hijo Luis Herman Irigoyen que (auque reconocido con el tiempo) tubo que cambiar la Y por una I latina.
De esto nada sabia la joven Rufina, ella seguía con su “sueño idílico” y tanto sus amigas y su madre alimentaban la pasión de la soñadora adolescente.
Según los “corillos” que se dijeron por en aquella época (y no sabemos si influenciado por la mala imagen de Luisa o que) era que “Bachicha dopaba a su hija”, con somníferos para realizar encuentros “furtivos” de amor con Yrigoyen en su casa de Montes de Oca, tal vez, esta versión salió para de algún modo “justificar” lo que le sucedió con el tiempo a la pobre Rufina.
La supuesta muerte de Rufina
El 31 de mayo de 1902 Rufina cumplía 19 años, durante años había alimentado sus sueños que el mismo Yrigoyen se había encargado de hacer crecer, ya mayor (se imaginó) que es noche era especial y que luego de festejar con una tertulia en su casa e ir al Tetro Colon a escuchar una orquesta sinfónica, llegaría por fin el momento de darle rienda suelta a todo el amor (que según ella) se prodigaban.
Pero ese día, mientras Rufina se preparaba para la gran velada, una amiga se encargó de abrirle los ojos y le explicó lo que todo el mundo en definitiva sabía.
Le habló de “la pasión de su madre con su pretendiente” y que en realidad “su medio hermano era hijo de Yrigoyen”.
A Rufina Cambaceres en ese momento “se le paralizó el corazón” y esto es literal”.
Los gritos de los sirvientes que vestían a Rufina alertaron a todos los presente, su madre corrió a su habitación y vio a la joven cumpleañera sin signos vitales en el piso, un médico que se encontraba en la casa trató de reanimarla pero no pudo, después, dos médicos más confirmaron su muerte “síncope” aseguraron y rubricaron.
Rápidamente Rufina fue alojada en la bóveda de su tío Antonio Cambaceres, estanciero de gran fortuna y director del Banco provincia de Buenos Aires, donde también estaban los restos de su padre.

Lo que sucedió después sólo Dios y Rufina lo saben, lo cierto es que un cuidador durante su ronda diaria escucho golpes que provenían en dirección de la cripta donde había sido depositada un día antes Rufina, éste sin percatarse demasiado (y conciente de que seguramente había sido uno de los tantos gatos del cementerio) pegó un ojo sobre el vidrio de la gran puerta de hierro de la bóveda y notó que el cajón de Rufina estaba levemente corrido del estante, rápidamente avisó a la familia, que acudió de inmediato que sin preocupación acomodo el féretro nuevamente en su lugar, sin dar demasiada trascendencia al curioso hecho.
La leyenda cuenta que su abuela en Italia al enterrase de lo sucedido viajó lo más urgentemente posible a Buenos Aires (recordemos que en aquel tiempo sólo existía el barco para comunicarse de un continente a otro) y a su llegada ordenó abrir el cajón de su nieta a penas unas semanas muerta. Al abrir el ataúd de encuentran con el espantoso cuadro aterrador, el cuerpo de la bella adolescente de espaldas y su cara toda arañada, seguramente de la desesperación.

Rufina no estaba muerta, había tenido un ataque de catalepsia y había despertado dentro de se ataúd, golpeo y trato con todas sus fuerzas poder salir, pero no pudo. Tal vez, pensó en ese momento “que sentido tenía seguir viviendo si toda su vida había sido una mentira”, pero igual luchó y se aferró a la vida al menos por instinto.
El de Rufina fue el primer ataque de cataléptica que registro el país y a partir de allí alguno dicen que a los muertos se los empezó a velar al menso 24 hs. después de fallecidos.
Su abuela mando a construir un nuevo féretro, este sin ningún tipo de cerramiento y con su tapa apenas apoyada (por las dudas)
además, mando a construir un monumento en su honor en mármol estatuario de Carrara (que se encuentra en la ochava de la bóveda), para que nadie olvide su historia, allí se la ve a Rufina con una mano desfalleciente, tratando de abrir una puerta y una lagrima cayendo por su mejilla derecha, tal vez por su penosa vida, o lo ridículo de su muerte en el mismo día de su cumpleaños, o por su amor…ése que jamás fue correspondido.
Claudio Navarro
Fuente: https://mortaja.wordpress.com/rufina-cambaceres-%E2%80%9Cla-que-desperto-de-su-muerte%E2%80%9D/

01 mayo 2016

La Misteriosa Casa de La Palmera


En el barrio de Balvanera, muy cerca del Congreso de la Nación, al oeste del centro político y financiero de la Ciudad de Buenos Aires. Aparece una misteriosa casa, que guarda una macabra historia que engloba a la familia que vivió ahí sobre Riobamba al 100.



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18 diciembre 2010

Una venganza arquitectónica





El Edificio Kavanah, ubicado a un lado de la Plaza San Martín, avanza como una enorme proa hacia la barranca.
Ocupa una manzana triangular, y lo separa del Plaza Hotel un pasaje privado, que desde 1984, lleva el nombre de quién lo hiciera construir, la Sra. Corina Kavanagh.

Un poco de data...

Inaugurado el 3 de enero de 1936, fue el primer rascacielos de Buenos Aires.
De hormigón armado, proyectado por los arquitectos Gregorio Sánchez, Ernesto Lagos y Luis de la Torre, cubre una superficie de 2400.mts2 y tiene una altura de 120 mts.
Con 33 pisos, subsuelo y azotea, 113 departamentos, cada uno con distintas comodidades y entrada privada, 13 ascensores, 5 entradas independientes, 5 escaleras, locales en la planta baja y estacionamiento resultó una verdadera novedad para la época.
De estilo racionalista, consta de un bloque central al que se le adosan, dos menores, y a estos, otros dos más pequeños.
Por su diseño escalonado, algunas de las unidades se prolongan en enormes balcones-terraza con magníficas vistas.
Recibió el "Premio Municipal a la Mejor Fachada" y otro a la "Casa Colectiva" por reunir las mejores condiciones de distribución e higiéne.
Desde 1999 es Monumento Histórico Nacional.

Algo de Historia...

Se dice que esta dama de origen irlandés, excéntrica y vanguardista, a los 39 años, vendió dos estancias, para poder adquirir el terreno y edificar el edificio.
Algunos sostienen que enemistada con la Iglesia Católica, eligió este predio para tapar la visión de la "Basílica del Santísimo Sacramento", otros hablan de una "pequeña revancha" hacia los Anchorena, (benefactores del templo, futuro sepulcro familiar), desde cuya residencia, el Palacio Anchorena, (hoy Palacio San Martín, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores), se podía observar.
Cuentan que, un Anchorena se enamoró perdidamente de una Kavanagh (quizás la misma Corina?); de familia patricia el primero, de burgueses adinerados la última y en una época donde las clases sociales no se mezclaban, el romance no fue aprobado.
Fue así que, quizás como resarcimiento, Corina Kavanagh, mandó levantar su edificio con un único requisito: que impidiera la vista de la Iglesia...
Mito o realidad, lo cierto es que para observar la bella fachada del "Santísimo Sacramento" hay que pararse en el pasaje, que lleva su nombre...

Ver el mapa de la ubicación del los edificios mencionados en:
http://wiki.worldflicks.org/pasaje_corina_kavanagh.html#coords=%28-34.59565055,-58.3746931%29&z=20




Basílica del Santísimo Sacramento y Pasaje Corina Kabanahg

17 diciembre 2010

Nunca vayas a Parque Chas



Existe en el barrio de Parque Chas una manzana acotada por las calles Berna, Marsella, La Haya y Ginebra.
No es posible dar la vuelta a esa manzana.
Si alguien lo intenta, aparece en cualquier otro lugar del barrio, por más que haya observado el método riguroso de girar siempre a la izquierda o siempre a la derecha.
Muchos investigadores han intentado la experiencia formando grupos numerosos. Los resultados han sido desalentadores. A veces sucede que el paseante sigue en la misma calle aún después de doblar una esquina.
En 1957, un grupo de exploradores franceses desembocó inexplicablemente en la estación de Villa Urquiza.
Urbanistas catalanes probaron suerte formando dos equipos y partiendo cada uno en dirección opuesta. En cualquier manzana de la ciudad es fatal que los grupos se encuentren en la mitad del recorrido. Pero en este lugar no sucede tal cosa y hasta se han dado casos en que un equipo alcanza al otro por detrás.
Los más pertinaces han realizado excursiones a través de los fondos de las casas, con el resultado de aparecer siempre dejando a sus espaldas calles que no habían cruzado jamás.
En estas experiencias se descubrió que muchos vecinos son incapaces de indicar en qué calle viven. Asimismo existen casas que no dan a ninguna calle. Sus habitantes se alimentan de sus propios cultivos o de lo que generosamente les pasan por sobre las medianeras.
Los taxistas afirman que ningún camino conduce a la esquina de Ávalos y Cádiz y que por lo tanto es imposible llegar a ese lugar.
En realidad, conviene no acercarse nunca a Parque Chas.

"Perdidos en Parque Chas es la crónica de una frustrada noche de garufa"

Mandeb y sus amigos fueron invitados a un baile en
la calle Bucarest.
Desdeñando las advertencias de los hombres sabios, se internaron en el barrio sin salida.
Y ya se sabe lo que ocurre en Parque Chas: uno se pierde irremediablemente. Vale la pena transcribir unas líneas. "A eso de las doce, llegamos a la misma cigarrería. Ya era la quinta vez.
Como en las otras ocasiones, interrogamos al viejo que atendía. Sus indicaciones fueron nuevamente distintas. Loco de furor, salté sobre el mostrador y comencé a estrangularlo.
-Viejo mentiroso...¿cuál es la calle Bucarest? ¿Cómo se sale de este infierno?
El anciano acabó por confesar que no lo sabía. Muy compungido admitió que él mismo había desembocado en Parque Chas en 1939. No habiendo podido salir de allí, se resignó a instalar un quiosco, gracias al cual sobrevivía, aunque abrigaba el secreto anhelo de volver a Villa Crespo, barrio del que nunca debió salir."
Este capítulo finaliza con la providencial intervención de un taximetrero, quien si bien no acertó a llevarlos a la calle Bucarest, por lo menos los sacó -después de varias horas- a la Avenida de los Incas".

HISTORIA DE LA MANZANA MISTERIOSA DE PARQUE CHAS



Existe en el barrio de Parque Chas una manzana acotada por las calles Berna, Marsella, La Haya y Ginebra.
No es posible dar la vuelta a esa manzana.
Si alguien lo intenta, aparece en cualquier otro lugar del barrio, por m�s que haya observado el m�todo riguroso de girar siempre a la izquierda o siempre a la derecha.
Muchos investigadores han intentado la experiencia formando grupos numerosos. Los resultados han sido desalentadores. A veces sucede que el paseante sigue en la misma calle a�n despu�s de doblar una esquina.
En 1957, un grupo de exploradores franceses desemboc� inexplicablemente en la estaci�n de Villa Urquiza.
Urbanistas catalanes probaron suerte formando dos equipos y partiendo cada uno en direcci�n opuesta. En cualquier manzana de la ciudad es fatal que los grupos se encuentren en la mitad del recorrido. Pero en este lugar no sucede tal cosa y hasta se han dado casos en que un equipo alcanza al otro por detr�s.
Los m�s pertinaces han realizado excursiones a trav�s de los fondos de las casas, con el resultado de aparecer siempre dejando a sus espaldas calles que no hab�an cruzado jam�s.
En estas experiencias se descubri� que muchos vecinos son incapaces de indicar en qu� calle viven. Asimismo existen casas que no dan a ninguna calle. Sus habitantes se alimentan de sus propios cultivos o de lo que generosamente les pasan por sobre las medianeras.
Los taxistas afirman que ning�n camino conduce a la esquina de �valos y Cá�diz y que por lo tanto es imposible llegar a ese lugar.
En realidad, conviene no acercarse nunca a Parque Chas.

La dama de blanco....

El gigante de Once que salva vidas


Según cuenta una historia de larga data, por las calles de Once vaga un personaje de casi tres metros de altura que cuida a los habitantes del barrio. Este gigante "bonachón" ha salvado a víctimas de choques y ha espantado a más de un malhechor, o al menos esto es lo que narran los vecinos de Balvanera que confían en su presencia protectora.

Algunos afirman que este ser es el mismísimo Golem, un hombre artificial creado en el siglo XVI por un rabino de Praga, llamado Judah Loew ben Bezabel. Si bien la historia oficial habla de un solo Golem, otros afirman que Bezabel c
reó trece de estos humanoides de arcilla y que uno de ellos llegó a Buenos Aires, de la mano de un rabino, con los inmigrantes judíos.

De allí en más, la historia se bifurca en varias versiones: algunos cuentan que antes de morir el rabino encerró al gigan
te en una habitación a la que nadie puede entrar, que estaría en el anexo de un hospital, en Caballito. Otros creen que vive en un callejón oculto, que podría ser el pasaje Colombo o el Victoria. De una u otra forma, hay vecinos que aseguran que el gigante le salvó la vida a más de uno.

El extraño caso del Puente Uriburu


Los hechos no son muy conocidos. Casi podría decir que es una "leyenda urbana" que nació en los primeros años de este nuevo siglo.

Uso la expresión "Leyenda urbana" porque carezco de toda prueba fehaciente para hacer de este relato algo verdadero. Ni siquiera los indicios que pudieron darme las personas involucradas pueden conferir a este relato cierta veracidad ni pueden hacer de él una simple anécdota.

Tuve la oportunidad de escuchar este relato en voz de tres personas que lo vivieron. Por supuesto ninguna de ellas se conocían. Salvo en pequeños detalles (nuestra mala memoria siempre da matices nuevos a lo que nos sucede) los relatos son exactamente iguales. Para esta ocación solo transcribiré uno, que creo es el más interesante y el más detallado.
Esto sucedió en el Barrio de Nueva Pompeya. Más precisamente en la intersección de las calles Tilcara y Perito Moreno, un lugar por demás solitario y muy cercano a los límites de la Capital.
Fernando (vamos a llamar así a nuestro personaje) luego de una larga reunión familiar en el Barrio de Boedo, volvía a su casa en Lanus. Es necesario decir que Fernando sí había tomado alguna copa en esa reunión, pero no demasíado como para atribuir lo que luego le sucedió a ese desliz baquíco.

Venía solo en su viejo Renault 12. Tomó la calle Tilcara para luego salir al puente Uriburu. Era de madrugada, cerca de las cinco de la mañana. Notó que esa larga calle era demasíado oscura y solitaria, así que por precaución aceleró casi con indiferencia. En ese momento le vinieron a la mente innumerables cosas. Perdió atención sobre el camino y bajó levemente la cabeza. Cuando la levantó nuevamente notó sorpresivamente como una niña muy rápidamente cruzó la calle (unos dos metros antes de Perito Moreno) y se puso de frente al auto. Fernando instantáneamente frenó, pero ya la niña estaba muy cerca, el choque era inevitable. El auto se deslizo unos cinco metros. Fenando sintió un golpe muy fuerte e inmediatamente imaginó lo peor. Salió ràpidamente del auto a buscar a la pequeña. No encontró nada. Miró en todas las direcciónes, debajo del auto, caminó unos metros pensando que a lo mejor el choque la hubiese impulsado varios metros hacia algunos de los lados, pero nada. El silencio de la madrugada se hizo mas hiriente. Los ojos de Fernando brillaron de incertidumbre, tal vez de miedo. Eso fue lo que sintió después, según me cuenta. Luego de revisar una vez más volvió al auto y siguió su camino a casa.

El hecho terminó ahí. Pero no sus circunstancias.
Me interesé mucho en este asunto e hice una pequeña investigación. Visité el lugar del hecho y pude hablar con algunos vecinos de la zona. Lo que ellos me contaron fue esto.
Hace unos diez años, es decir a mediados de los años 90, vivía sobre la calle Tilcara (a pocos metros de Perito Moreno) una familia muy numerosa. Estaba constituída por la Madre y cinco hijos. El padre había abandonado la familia al nacer el segundo de sus cinco hijos, que eran cuatro varones y una mujer que era la menor. La pequeña se llamaba Rebeca y es el personaje central de esta historia.

Luego de que el padre se fuera, la familia tuvo que vivir de lo que pudo. Dos de los hijos mayores pedían ayuda en los colectivos aduciendo tener una grave enfermedad. Los otros dos estudiaban, aunque eran más las horas que pasaban en la calle que en la escuela. Solo quedaba la pequeña Rebeca que no asistía al colegio para ayudar a su madre en su humilde casa. Esta niña de unos nueve años de edad era maltratada salvajamente por la madre. Era tratada como una sirvienta. Apenas llegaban a la casa los hermanos mayores, Rebeca era golpeada por ellos si no tenia listo lo poco de comida que había. En general ella no comía, sino una dos o tres veces por semana. Esto fue así por muchos años.

Cuando Rebeca cumplió los doce años, intentó escapar pero sin existo. La paliza que se ganó por esa osadía fue el principio del final.
Una noche de invierno, luego de un día agotador de maltratos e indiferencia, Rebeca empezó a preparar la cena. Era una sopa que había preparado con un trozo de pollo que había comprado la semana anterior. Lo sirvió y ella se quedó sin comer, como casi siempre. Se puso enfrente de la mesa y ante la vista de todos bebió una gotas de arsénico que había conseguido por algunos favores. La pequeña Rebeca cayó inmediatamente al piso y luego de algunos segundos murió frente a los ojos de su familia.

La noticia de la muerte de Rebeca fue un gran dolor para el barrio. Y solo fue noticia en una pequeña columna del diario "Crónica."
Pude conseguir una foto de Rebeca que luego se la mostré a Fernando. Inmediatamente me dijo que era la chica que se le había cruzado esa madrugada. Mi sopresa fue grande y tadavía me sigo preguntando cual fue la razón de esa aparición. Vecinos de la zona me dicen que todavía, en las madrugadas frías de Julio, se la puede ver cruzando la calle o caminando por el déposito de chatarra que se encuentra cercano al lugar.
Esa es la historia. Un poco triste tal vez. Espero que esa pequeña, este donde esté, pueda encontrar el lugar que no encontró en este diminuto lugar que llamamos tierra, continente, país, provincia, barrio...
Este artículo es una colaboración de Cronopio.Gracias.

09 mayo 2010

La estación fantasma del Subte A, en Buenos Aires


Dice que en la línea A de Subte de Buenos Aires, existe una estación fantasma, y varios fantasmas que caminan por el lugar.
El presente video es una representación fílmica del lugar donde sucedieron los hechos, la historia fue tomada de los comentarios de los lugareños o relatos publicados que a partir de los años se convirtieron en mitos, se trato de hacer una breve investigación si la versión es real o solo una de las tantas Leyendas Urbanas.
La que comentamos es la que se refiere a la extraña visión que puede asaltarnos entre las “media estaciones” Pasco y Alberti, en la línea A de los subterráneos porteños.

Dicen que allí, a mitad de camino entre ambas estaciones, siempre se apaga la luz en el interior del vagón; y es en ese preciso momento en el que podemos ver, a través de la ventanilla, algo que no debería estar allí… una estación que no es ni Pasco ni Alberti. Y no sólo eso: sobre aquel andén imposible se encuentran dos hombres sentados, con sus piernas colgando sobre las vías. Algunos hasta llegan a afirmar que aquellas presencias tienen la mirada triste, muy triste.

Fantasmas en una estación fantasma.

Como todo mito, son muchas las versiones que intentan ahondar en la naturaleza de esta visión.

Felicitas Guerrero, Historia y leyenda















La dramática muerte de Felicitas Guerrero de Alzaga dio origen al templo que se levanta hoy en el popular barrio de Barracas.


Felicitas, joven de 16 años contrae matrimonio con Martín de Alzaga, sobrino nieto del español que fuera fusilado en los acontecimientos que siguieron a la Revolución de Mayo.

Quedando viuda a los veinte y cuatro años y después de un austero duelo se relaciona afectivamente con Enrique Ocampo, joven altamente conceptuado en los círculos sociales donde actuaba, pasado el tiempo, Felicitas inclinó sus sentimientos a favor de otro pretendiente, Manuel Sáenz Valiente.

Enrique Ocampo no acepta esta situación y con la excusa de devolverle regalos y cartas tiene con Felicitas una violenta entrevista que termina con dos disparos en el cuerpo de la infeliz mujer; Felicitas muere al día siguiente, 30 de enero de 1872.

Los padres de Doña Felicitas construyeron en su memoria la capilla que hoy admiramos.

La construcción de la misma fue obra del arquitecto Ernesto Bunge. No posee un estilo definido, aunque la fachada ostenta reminiscencias neogóticas y neorrománicas. Elementos que se repiten en su interior. Es expresión del eclecticismo.

La capilla impresiona por la originalidad de sus líneas, la esbeltez de sus torres y las figuras de ángeles dispuestas en simetría. En el vestíbulo se encuentran dos blancas estatuas de mármol de carrara. La de la derecha representa al yerno de los donantes, en el pedestal lleva la siguiente inscripción: “+ Martín de Alzaga - Marzo 17 de 1870”. A la izquierda la imagen de una madre con su hijo y en pedestal se lee “+ Felicitas G. de Alzaba - Enero de 1872”y “+ Félix de Alzaga – Octubre 3 de 1869”. Recordamos que Felicitas tuvo un hijo, Félix, que murió a los 6 años.

Aquí termina la historia y comienza la leyenda. Se dice que si Ud. deja un pañuelo en la reja de Santa Felicitas al atardecer, a la mañana aparecerá húmedo de lagrimas y que los días 30 de Enero se puede entrever una llorosa figura de mujer vestida de blanco vagando por la iglesia.

Felicitas Guerrero, la mujer de los superlativos, se ha convertido finalmente, si no en el fantasma más famoso de la República, seguramente en uno de los más famosos de Buenos Aires.


20 marzo 2010

El Castillo de los Bichos


Le Chateau Spa, El Castillo Lofts, popularmente " El Castillito de los Bichos".
Es el antiguo caserón de cinco pisos, caracterizado por las terrazas y balcones que franquean la esbelta cúpula, se denominó "Castillo de los Bichos" por las extrañas molduras de animales que lo adornan, que se encuentra en la calle Campana y la vía del Ferrocarril San Martín a metros de la Estación Villa del Parque, en la Ciudad de Buenos Aires.
Se dice que la obra fue encomendada por un noble italiano como regalo de bodas para su hija.
La historia se torna trágica cuando partiendo de su fiesta de bodas, y ante la mirada horrorizada de los invitados que saludaban desde los balcones y terrazas, el automóvil es arrasado por el tren vecino.
Los padres retornan a su tierra natal quedando la mansión abandonada por muchos años pues todo el barrio temía, no solo de su terrible historia, sino tambièn de otras de fantasmas de la pareja. Otra versión asegura que no existió noble italiano ni pareja, y que fue construido como casa de citas de lujo y que nunca funcionó.